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La princesa apurada - Con Diseño Divino - La Semana del 20 de Abril

Con Diseño Divino

La princesa apurada

De la Palabra de Dios: «¡Quédense quietos y sepan que yo soy Dios! Toda nación me honrará. Seré honrado en el mundo entero.» (Salmos 46:10, NTV)

¿Cómo sería tener un esposo te pide que digas mentira por miedo a que lo maten a él para que otro hombre se quede contigo y todo porque eres una mujer increíblemente bella? Lo inaudito es que no te lo pida solo una vez, ¡sino dos! Y quizá más si fuera necesario.

Eso fue lo que le pasó a nuestra “ella” de hoy. Me imagino que no solo fue hermosa sino muy querida desde que nació porque sus padres le pusieron “mi princesa” o Sarai. Más adelante, el propio Dios le cambió el nombre, ya no sería Sarai, princesa de una solo persona sino Sara, princesa de multitudes.

Y comienzo con esta parte de la historia para que entiendas que aunque Sara fue una mujer muy hermosa eso no la excluyó de pasar por experiencias difíciles, decepcionantes o aterradoras. Puedes leer todo lo sucedido en Génesis 12 y Génesis 20.

A veces nos dejamos engañar y creemos que la belleza o la inteligencia o las riquezas nos garantizarán una vida color de rosa. ¡Nada más lejos de la realidad!

Pero Abram no era el único problema de Sarai. Su corazón tenía un vacío todavía mayor porque no había podido tener hijos, y en la cultura donde ella vivía, eso era lo peor para una mujer. Claro está, ese deseo es algo inherente para cualquier mujer. Y al escribir estas palabras sé que muchas lectoras se identifican con Sara y no tomo a la ligera el dolor de la experiencia.

Sin embargo, Dios le había hecho una promesa a su esposo Abram: ellos tendrían descendencia. ¿El único problema con esta promesa? Sarai ya era una anciana, bella, pero anciana de todos modos, y su reloj biológico para concebir había dejado de funcionar años atrás. Y lo mismo el de su esposo.

De modo que nuestra princesa decidió que tenía que ayudar a Dios e intervenir en el asunto para apurar los planes o de lo contrario, el hijo nunca llegaría. ¡Ay, Sarai! ¿O debiera decir yo: ¡Ay, _______!, y dejar el espacio en blanco para poder escribir nuestros nombres? Sí, porque la actitud de esta ella de la Biblia es sin dudas un eco de la nuestra en muchas ocasiones.

¿Qué hizo a Sarai creer que podía darle un Plan B a Dios? La respuesta exacta nunca la sabremos pero sí puedo decirte, basada en lo que me ha sucedido muchas veces y tal vez también a ti, que todo se reduce a falta de confianza en que Dios sabe lo que hace, aunque parezca demorarse.

Nuestra princesa estaba apurada y en su apuro desató una serie de eventos cuyas consecuencias sufrimos hasta hoy: el conflicto entre judíos y árabes. Mira si muchas veces el apuro y la pretensión de “ayudar” a Dios nos ciegan que no pensó dos veces compartir su esposo con otra mujer. Y cuando la presión familiar comenzó a su subir, ¿qué crees que hizo Sarai? ¡Le echó la culpa a Abram! Cualquier semejanza con la realidad…

Mi querida lectora, lo único que tú y yo conseguimos con querer “ayudar” a Dios y apurar sus planes es meternos en un caos del cual luego no sabemos cómo salir. La medida más grande de nuestra fe en Dios es confiar en su amor que hace que sus planes sean perfectos. Los planes alternativos nunca dan buenos resultados. Y sí, no siempre el final de nuestras esperas luce como quisiéramos, pero si Dios nos dice que hará que todo obre para el bien de sus hijos, yo tengo que creerlo.

La fe se prueba en los bancos de la paciencia. Y es allí donde se fortalece. Tu espera puede ser diferente a la de Sara, pero créeme cuando te digo que a Dios no podemos apurarlo. Y lo que pareciera acelerar sus planes en realidad muchas veces los pone en pausa.

Aprendamos de la princesa apurada, al final recibió la promesa cumplida pero, ¿acaso no hubiera sido mucho mejor evitar todo aquel sufrimiento, los conflictos y las frustraciones? Sara no fue peor ni mejor que nosotras, fue una mujer como tú y yo. Ella tuvo que vivir con las consecuencias de sus apuros, y quizá a ti te ha pasado lo mismo. ¡Detente!  Deja a Dios obrar, espera. El Dios del universo no tiene reloj. Su dimensión del tiempo no podemos comprenderla pero él nos invita a confiar en que nunca llega tarde ni tampoco se demora.

¿Estás actuando hoy como una princesa apurada? (Sí, porque aunque tu nombre no sea Sara, si eres hija de Dios, eres princesa.) ¿Qué consecuencias estás experimentando hoy por tus apuros? Y si estás en el banco de la espera, ¿qué harás ahora que conoces la historia de Sara?

(Publicado originalmente en wendybello.com)

© 2015 Wendy Bello

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